Vivir en Francia

Sobre el clima en Europa…

Me gustan el frío y la lluvia. Adoro el otoño, los abrigos, las bufandas y las botas… tolero poco el calor y detesto las mangas cortas. En México viví en un eterno verano -sin tener consciencia de ello- pues al menos en Ciudad Guzmán, donde nací, los cambios de estación son imperceptibles y el clima es un privilegio. Ni mucho calor, ni mucho frío.

Once años en Francia no me cambiaron de manera radical y no adoro el sol y el calor. No obstante, ya soy capaz de apreciarlos y hasta los he anhelado en algunas ocasiones. Aquí aprendí a vivir al ritmo del clima pues estamos a merced de él – incluso en verano.

El sur de Francia es una región muy soleada con temperaturas clementes. 6 meses del año uno vive con buen tiempo y aunque haya días fríos o con viento (porque aquí suele hacer MUCHO VIENTO), casi siempre hay sol. Son muy raros los días nublados y lluviosos. La nieve es algo insólito y cuando llega a nevar dura 1 ó 2 días.

Sin embargo no es lo mismo un día soleado en febrero a 5 grados -cuando el sol no se siente- a un día soleado de agosto a 40 grados -cuando el sol quema. Tampoco un día despejado con o sin ráfagas de viento. El paisaje aquí es seco y plano; la arquitectura de la región se funde bien con él : los techos son de teja y las casas son de tonos arena, beige, ocre o color ladrillo…

Tardé mucho en entender por qué en Francia el clima es tan importante e influye tanto en el humor de la gente pues a mí los días nublados y lluviosos me ponen de buenas… Aquí en días de mal clima por lo general la gente se encierra, anda de malas, se queja o ‘fait la tête’. En días soleados sucede lo contrario. Después de meses de uso intensivo de cuellos de tortuga y botas, incluso a mí, me agrada sentir el sol de abril que vuelve a calentar un poco.

Vivo en zona costera y en esta región la población se triplica en verano lo que conlleva un caos vial constante e increíbles aglomeraciones por doquier, sobre todo en la playa y en los supermercados. Lo entendí con el tiempo: esto no sucede porque haya vacaciones escolares o porque esta gente le tenga amor al caos vial y a las aglomeraciones, si no porque en términos prácticos, sólo se puede disfrutar de la playa en julio y agosto.

Tenemos dos meses al año en los que podemos vivir ‘afuera’ sin restricciones. Aquí no se se organiza una garden party en enero ni se puede broncear en navidad pues hace frío, todo está cerrado y el sol se pone a las 5 de la tarde.

Hay mucha vida en julio y agosto y como paradoja, hay cosas que se mueren ( como la administración pública y los debates políticos). No hay que olvidar que los trabajadores franceses tienen privilegios tales como mínimo 5 semanas de vacaciones al año. La mayoría de la gente toma vacaciones y van hacia el litoral.

En cuanto inicia el verano los sentidos se espabilan con el olor a sol y a Mediterráneo, hay luz de día hasta las 10 de la noche, la ropa es tan ligera como las conversaciones, los restaurantes de playa están abiertos y hay mercados artesanales nocturnos, ferias de pueblo…

El ambiente es festivo, la gente tiene ganas de salir y sale. Por doquier hay conciertos y espectáculos gratuitos al aire libre. Aperitivos y comidas improvisados en jardines, terrazas o balcones. Ferias taurinas, soirées paella, vino rosado y sangría. La frontera está a una hora y la influencia española es muy marcada.

Las playas están repletas, los estacionamientos parecen escasos, las carreteras departamentales se llenan de ciclistas -equipados cual participantes del Tour de France que van tranquilos y disfrutan de las vacaciones, del sol meridional, el canto de las cigarras y la vida provinciana, lejos de París y su cielo gris…

En los días más cálidos, a la manera italiana,  uno cierra puertas y ventanas para repeler el calor, aunque se viva en penumbra. Se abre todo para renovar el aire en la noche y en la mañana muy temprano.

El Mediterráneo está a unos minutos de mi casa sin embargo siempre ajusto mi agenda al último momento para ir a la playa -no cuando quiero- si no cuando el clima es ideal (día soleado, caluroso y sin viento). Yo voy a mirar el mar y a tomar sol. También a sentirme “de vacaciones”.

A pesar de los días a 40°c el agua del mar en esta zona oscila entre los 18 y 20°c, raras veces llega a los 25°c. En 11 veranos, me he bañado sólo dos o tres veces y es que después de haberse bañado en el Pacífico mexicano…

En septiembre llega la famosa “rentrée”, (el regreso a clases) y con ella, como una fatalidad, todo cambia. El humor de la gente, el paisaje y el ambiente se enfrían sin otra transición más que la del calendario. Todo lo que para los mexicanos implica el 1ro de enero (los cambios sustanciales, los propósitos, el inicio de nuevas cosas) aquí en Francia se lleva a cabo en septiembre. Se retoman los debates políticos, vuelven las amenazas de huelga, cambia uno el guardarropa, de sandalias a zapatos cerrados, abrigos, mangas largas… Y el clima poco a poco lo encierra a uno.

A finales de octubre se vuelve a prender la calefacción, a ponerse el abrigo antes de salir y después de entrar a un lugar… En otoño adoro ir al bosque a cazar ‘cèpes’, o setas. Es un producto exquisito y el precio oscila entre los 20 – 25 euros por kilo, sin embargo a mí y a mi marido nos gusta el ritual que ello conlleva: respirar aire fresco, pasear al perro en el denso bosque del Parc Naturel du Haut Languedoc, ‘jugar’ a encontrar los preciados champiñones entre las hojas ocre del otoño, reunir el botín, pesarlo en casa, limpiralo y cocinarlo como guarnición de una buena carne y brindar con vino tinto…

Luego llega la época navideña y el trajín es como en todos lados… En casi todas las ciudades y pueblos hay mercados navideños efímeros al aire libre. Para entonces ya hace mucho frío y nosotros, o nos quedamos en casa o vamos a la costa vasca francesa a pasar las fiestas con la familia que vive allá. En esos días, en cuanto puedo, sin reparar en el frío, paseo a la orilla del océano Atlántico que destella una majestuosidad indescriptible.

Después de las fiestas, cuando hay nieve en los Pirineos o en los Alpes, las aglomeraciones se dan allá en las montañas pues la gente va a esquiar, comer fondue o raclette.

Entonces siento que el invierno es largo… y cuando llega febrero, a mí me llega un hastío y un letargo tremendos que me dura hasta abril o mayo, cuando llega el verdor efímero a los prados y surgen las primeras amapolas que anuncian el anhelado verano…

Y a tí ¿ te gusta el clima de donde vives ? ¿ influye mucho en tu manera de vivir ?

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