México desde el extranjero, Reflexiones, Viajes, Vivir en Francia

Pueblos tristes…

En los años noventa viví aventuras memorables en distintos pueblos del Sur de Jalisco al lado de mi padre, que reparaba daños en las centrales automáticas de Telmex.

En el “vocho” blanco que la empresa le asignaba, fuimos a lugares encantadores como Mazamitla, Tapalpa o Concepción de Buenos Aires, cuyo camino alterno a la autopista nos ofrecía paisajes extraordinarios. Conocí las fascinantes tierras rulfianas y sus pueblos emblemáticos como San Gabriel, El Grullo o el Tonaya entrañable de mi abuela Paula, donde mi papá pasó parte de su infancia.

Fuimos a sitios como El Huisichi, municipio de Tolimán, Jalisco, que me parecieron irremediablemente tristes cual lección clara del por qué la gente emigra : porque no hay nada qué hacer ahí más que esperar la muerte.

Ese recuerdo de una calle vacía, terregosa y lúgubre, se me vino a la mente mientras regresábamos a Francia por la carretera secundaria después de haber pasado unos lindos días en España.

Carretera secundaria que atraviesa Portbou
Carretera secundaria que atraviesa Portbou

Veníamos de Llança, un destino popular de la Costa Brava – y en el trayecto nos paramos a comer en Portbou; el pueblo español más septentrional de la frontera franco española, en la provincia de Gerona.

Bajo un sol radiante, el vientecillo fresco de septiembre nos obligó a ponernos un suéter. Estacionamos el auto para comer en algún restaurante frente al Golfo de Lyon, en la Platja Grand o Playa Grande; eran las tres de la tarde, las calles estaban casi vacías y el silencio era interrumpido de manera esporádica por los carros que circulaban en la carretera principal.

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Por las calles de Portbou

Los franceses de por estos rumbos tienen la costumbre de comprar alcohol y tabaco en España porque es más barato y antes de la instauración de la Unión Europea, los pueblos fronterizos como Portbou, tenían movimiento económico considerable. Hace algunas décadas, Portbou además de ser aduana y centro de control migratorio, era terminal de los trenes que circulaban de París hacia el sur de Francia.

Y la autopista llegó y desvió el tráfico de Portbou. Y también surgió la Unión Europea y borró fronteras. Lo que resiste al paso del tiempo son la carretera sinuosa – que ofrece hermosas vistas de la costa – y los cuantiosos edificios vacíos, en renta o en venta – y otros más abandonados – como el de la aduana.

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La aduana en Portbou

Entramos al primer restaurante abierto que vimos y así accedimos a una atmósfera desfasada de aquel pueblo sin turistas de la Costa Brava en pleno septiembre cálido.

Era una terraza cubierta frente al mar – especie de palapa a la europea– decorada con motivos estadounidenses y su ambiente sonoro oscilaba entre Elvis Presley, Frank Sinatra y Paul Anka. En el continente americano estamos acostumbrados a ese tipo de ambientes sin embargo en los pueblos pequeños de Europa es inusual. La escasa clientela estaba compuesta de gente de la tercera edad que bebía el aperitivo con cerveza y pastis.

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Playa Grande de Portbou

El mesero – un gordito simpático, bonachón y afeminado – nos trajo la carta, tapizada de imágenes del ex-boxeador conocido como “El campanero, dueño del lugar que operaba como bar-tender desde la barra decorada también con recortes de notas periodísticas de su antigua actividad.

El hombre cordial tomó la orden y enseguida trajo nuestras cervezas y un jugo de naranja para Inès. Era el último de nuestros aperitivos en España de esas sencillas pero divinas vacaciones familiares.

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En la mesa de al lado, una distinguida pareja de personas mayores, entabló conversación con nosotros.

La dama llevaba puesto un lindo collar de perlas. Era muy delgada y su rostro blanco estaba maquillado con delicadeza. Su marido usaba una boina marrón y era evidente que ambos tenían ganas de hablar. Escuchamos primero por cortesía y luego porque su conversación nos embarcó.

Eran parisinos y desde su jubilación rentaban una casa al lado de la estación de tren de Portbou para pasar seis meses bajo el sol mediterráneo y seis meses bajo el cielo plomizo de París. Durante su vida laboral ella fue secretaria en un hospital y él maquinista de tren, con frecuencia afectado a la ruta que terminaba en Cerbère – último pueblo francés antes de la frontera – o Portbou.

Durante el verano tomaban vacaciones para alejarse al máximo de París, en tren por supuesto, ya que era gratis para ellos, y desde entonces, pasaron todos sus veranos en el pueblo catalán, rentando la misma casa al mismo arrendador.

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– Pero la verdad no nos gusta –

– ¿ Por qué ? –

– Por muchas cosas como por ejemplo, el viento de tramontana… porque al lado de la estación siempre hay un ruido insoportable. Todo mundo se va y no hay nada que hacer. Cada vez es peorAunque sea verano aquí todo está muerto y hasta para encontrar un médico tiene uno que batallar e ir lejos porque no hay autobuses eficaces y nosotros ya no podemos conducir. Vivir aquí es muy problemático –

El rey” con una insólita cautela que no se le parece, preguntó :

– Entonces ¿ porqué siguen viniendo aquí ? –

– ¿ Cómo que por qué ? ¡ Pues porque hace 40 años que venimos ! –

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Terminamos las tapas y nos despedimos de los abuelitos que habían pedido otro pastis… Pensé que a los ochenta y tantos años y en ese lugar, beber pastis a las cuatro de la tarde es lo mejor que pueden hacer.

Dejamos tras nosotros Portbou anidado en la quebrada, su olor a glorias pasadas, su melancólica estación de tren,  la agonía que emana de sus tantos edificios para alquilar, en venta o abandonados y su control de aduanas deshabilitado.

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Recordamos la triste nota roja de un gran incendio que hace unos años devastó las colinas de la región y provocó la desdichada muerte de un padre y su hija quienes acorralados por las llamas, se tiraron al mar desde un acantilado de 20 ó 30 metros de altura. Sus vidas acabaron de manera funesta en las rocas de aquel terreno escarpado.

Muertes trágicas en aquel camino sinuoso con paisajes maravillosos que nosotros recorrimos con el apremio por llegar a casa sanos y salvos.

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