México desde el extranjero, Reflexiones, Vivir en Francia

El silencio

El 2017 estuvo lleno de pequeñas vicisitudes que mermaron mi optimismo natural sin embargo, el tiempo ha minimizado la tristeza y la contrariedad para dar lugar a la simpatía y gratitud que hoy prevalecen en los recuerdos de ese periodo complicado, lleno de lecciones que tal vez no hubiese integrado de otra forma.

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Tenía casi 2 años sin ir a México pero en junio pasado al fin pude regresar y como siempre, el miedo de subirme al avión mermó el placer del viaje mas no el del reencuentro con el terruño, la familia y los amigos.

Semanas antes de partir, en medio de mis obligaciones profesionales y domésticas que cumplo con reloj en mano, cual verdugo, sentía la cabeza en estado de ebullición permanente, saturada de pensamientos que me tenían fuera de mi, en un perpetuo diálogo – estéril – con un implacable interlocutor imaginario, muy imperativo : ” tienes que hacer esto, aquello, corre que ya casi es hora, que no se te olvide…

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En suma : vivir para trabajar y angustiarse por nimiedades, olvidando el sentido de la vida por traer reloj en mano… Este tornado interno contrasta con la tranquilidad de mi entorno alejado del bullicio citadino, a cinco minutos del mar Mediterráneo, en una pequeña ciudad silenciosa de Francia meridional.

Cual orgullosa hija del Osito Charmin, rey de los gadgets, y fiel a mi de-formación profesional, encontré en la tecnología algunos paliativos para esos males. Instalé aplicaciones en mi teléfono celular para respirar, meditar y recordar la necesidad de darme un par de minutos al menos al inicio el día antes de ser esclava del reloj. Sin embargo, esa práctica no es suficiente para el autodominio y el cuidado de la integridad mental.

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Un sábado despejado de junio, al alba, salimos del aeropuerto de Montpellier. Me encantó observar a través de la ventanilla los rayos límpidos del sol naciente mientras repetía mentalmente ” al fin, al fin… ya casi” en un febril intento por tranquilizarme y dejar en la costa mediterránea todos mis problemitas y angustias.

El ruido de las turbinas de los tres aviones a los que me subí para llegar a Guadalajara, no acalló el trajín de los pensamientos que me impidieron dormir en las 28 horas de trayecto. Durante la escala en París, compré un libro del que no leí ni una página sin distraerme con mis miedos y mi urgencia por aterrizar, mi pánico a volar, los pendientes laborales, la casa, la ansiedad por algún hipotético olvido y la aprehensión de una agenda llena a mi regreso, etc.

Las vacaciones empezaron con el alivio al tocar tierra mexicana.

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Llegamos desorientados por el jetlag a la Ciudad de México y lo primero que me impactó fue el tremendo bullicio del aeropuerto que acalló de golpe todos mis pensamientos. Un sonido sordo, a volumen elevado aunado al cansancio, me provocó una molesta migraña que se esfumó al llegar a Guadalajara donde abracé a los míos que nos esperaban con amor. Casi tres semanas maravillosas llenas de apapachos, reencuentros y la cabeza ocupada con el aquí y el ahora

El ruido de México reemplazó mi ruido interno : el gas a las ocho de la mañana, el volumen de la risa de la gente, la camioneta que vende remedios mágicos, el mercader de frutas y verduras o de escobas, el sonido de algún cuete de una lejana – o cercana- fiestecita patronal, el señor del camote o el de la nieve, el teléfono de la casa de mis padres que suena no sé cuantas veces al día… y por supuesto todas las agradables pláticas con familia y amigos.

La despedida fue – como siempre- cruel. Dejé México con el corazón partido y lleno de tristeza y nostalgia… sin embargo lo más difícil fue aterrizar en París y escuchar disparado el volumen de mis pensamientos ante el silencio ordinario de Europa. Sin transición alguna.

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El leve ruido de fondo en el aeropuerto Charles de Gaulle, el orden en los pasillos, la señalética irreprochable y la gente ensimismada en sus teléfonos, que evita el contacto visual con sus congéneres, habla en voz baja y ríe de manera discreta…

Retomé mi rutina casi de inmediato, con el jet lag encima y un sinfín de actividades y deberes que me embarcaron en una vorágine y nada ni nadie para contrarrestarlos.

Adoro mi trabajo y mi vida en general, sin embargo, el cronómetro mental con el que acompaso mis días se puso en marcha y entonces hubiera querido escuchar el ruido exterior, el gas o el ferravejero para equilibrar el desasosiego que me invadió. Esta decena de años en Francia me ha enseñado a gestionar mi tiempo como lo hacen los europeos, pero ello no significa que sea fácil o natural para mi que crecí con el ‘ ahorita’, ‘al ratito’ o ‘mañana’ mexicanos.

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Durante varias semanas me atormentó el silencio tangible de la ciudad donde vivo a tal grado que llegué a despertarme en plena madrugada por tanto silencio. No había reparado en lo tranquilo que es mi barrio, en lo poco que mi teléfono suena y en lo mucho que me hacía falta el contacto humano para apaciguar la ansiedad que produce la ausencia de ruido.

La paradoja es que la soledad está íntimamente ligada al silencio pero ambas cosas no son sinónimo de paz. De hecho creo que su práctica es casi imposible en nuestra era, en la que estamos todos atrapados en un vaivén excesivo de comunicación y consumo.

Pasé un verano bastante agitado en lo laboral y al fin de cuentas, tanto trajín me sirvió para tomar conciencia de que la soledad y el silencio son necesarios como recursos terapéuticos y contrapeso a las prácticas avasalladoras que ponen en vilo la salud mental.

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En cuanto el trabajo me lo permitió volví a lo básico y en un ejercicio de autodominio me desprendí de mi teléfono con todo y redes sociales – fuera de lo estricto laboral… Reorganicé mi tiempo para dármelo sin teléfono, sin emails, sin noticias, sin conexión.

Mi trabajo es internet pero tomé conciencia de que me encontraba más que ultra-conectada : avasallada y esclavizada.

Ha sido cuestión de optimizar tiempos y ser consciente de los pequeños placeres cotidianos que inundan mis días y controlar las fuentes de estrés. Poco a poco, sin ansiedad, logro dejar el teléfono – y la vida que tengo en él – en mi bolsa… y los e-mails urgentes : esperan en mi bandeja de entrada hasta que yo decido. Porque uno siempre puede decidir.

Han pasado meses desde mi regreso a Francia y me he vuelto a acostumbrar a la quietud que domina estas latitudes. El silencio físico me pesa menos – al menos ya no me despierta en la madrugada- y pongo mucho afán en bajar el volumen de mis pensamientos.

Es arduo el esfuerzo por estar aquí y ahora, en pacífico silencio. El reto es grande pero vale la pena intentarlo.

2 comentarios en “El silencio”

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