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Pasatiempo de otoño

Cuando mi marido me dijo por primera vez: “¿ Vamos a los hongos ?” mi primer reflejo fue contestarle: ” no amigo, yo a eso no le hago” – pues de inmediato pensé en quienes buscaban hongos alucinógenos en Ciudad Guzmán, allá por los rumbos de la presa del Calaque.

Lo que el “Rey”  me proponía era cazar setas, un producto cotizado por su sabor exquisito que se vende entre 20 y 30 euros por kilo en los mercados franceses y durante el otoño se encuentran distintas variedades de como les girolles, les pleurottes, les trompettes de la mort, les pieds de mouton, etc.

Hay muchos aficionados a esta actividad efímera pero también hay gente que se dedica a ello para ganar dinero y cualquier recolector de hongos que se respete, guarda para sí la ubicación de sus rincones de bosque.

Para nosotros no es sólo recolectar setas sino espabilar los sentidos y pasear por el bosque al amanecer, respirar aire fresco, disfrutar de los magníficos colores del otoño, oler y sentir la tierra, escuchar la música que prodiga el viento cuando mece un bosque lleno de frondosos árboles. Es cambiar el ritmo, ponerle pausa a la cotidiano y saborear la tranquilidad que prodiga la naturaleza. Y por supuesto, consumir la cosecha con amigos y familia.

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El otoño en el bosque del arrière-pays de l’Hérault

Sin embargo, para “cazar” champiñones hay que tener buenos conocimientos en micología : un ejemplar de una mala especie en el cesto puede contaminar a todos los demás y los riesgos de intoxicación van desde un leve malestar estomacal hasta la muerte. Las setas deben recogerse de preferencia en una cesta de mimbre, nunca en una bolsa de plástico pues los fermentaría hasta hacerlos tóxicos.

Emprender este tipo de expedición necesita de cualidades como la agudeza visual, para identificar los hongos que se camuflan en el suelo ocre y por supuesto, un buen sentido de la orientación, para evitar perderse, sobre todo en un denso bosque en el que los teléfonos celulares no tienen señal.

En pleno esplendor otoñal, al tener días fríos y lluviosos, seguidos de otros soleados, sabemos que es momento de dejar nuestra costa para subir al bosque; a una hora de casa, en el Parc Naturel Régional du Haut Languedoc.

Después de algunos años de expediciones – unas más afortunadas que otras- ya tenemos identificados los lugares que dan buenos cèpes ( la mayoría cèpes de pin o bolets pero al fin y al cabo setas comestibles).

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Acomodando lo que el bosque nos dio…

Teníamos dos otoños consecutivos sin recolectar champiñones ya que por estas fechas, estábamos en México y a nuestro regreso, el frío ya estaba afirmado. Cuando el invierno se instala, ya no vuelven a salir los preciados hongos.

Nuestras expediciones nos han dejado múltiples anécdotas, unas más memorables que otras.

El primer año seguimos los consejos de un conocido que nos compartió la ubicación de su sitio secreto. Arnaud ya había ido algunas veces a recolectar setas pero en realidad era tan neófito como yo y todavía reímos al recordar cuando el camarada nos dijo, con voz baja y toda la solemnidad que amerita un secreto de Estado:

– Se los diré… pero no se lo digan a nadie: en el bosque de Murat-sur-Vèvre…

Bajo una llovizna ligera fuimos hasta tal comunidad que se encuentra algo lejos de casa y no encontramos más que muchos recolectores aficionados como nosotros y por ende, ni un hongo.

Al año siguiente, por el rumbo de Saint Pons de Thomières, una localidad de los altos cantones, encontramos unos 4 kilos de cèpes. No es mucho pero a nosotros eso nos basta para ponernos felices.

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El bosque en pleno otoño. Las setas se esconden entre el musgo  y la hojarasca

Nos dimos cuenta que hacemos un buen equipo pues a ambos nos gusta la actividad y tenemos nuestros roles bien definidos : él, aparte de ser el chofer, corta con pericia cada ejemplar armado de su cuchillo Laguiole. Yo, tengo una gran sensibilidad a los colores y me es fácil identificar los hongos camuflados en el suelo ocre. También tengo el rol de GPS pues a diferencia de él, me es sencillo ubicarme.

Luego llegó Tito, nuestro perro bóxer de 35 kilos que desde entonces forma parte de cada excursión. En el 2012 di a luz a mi hija y en otoño aún no quería separarme del bebé pero el Rey quiso ir solo. Intenté disuadirlo porque somos un binomio y ¿ quién haría el trabajo de GPS ? ¿Tito ?

Conozco a mi Arnaud y sé que después de girar sobre él mismo ya está perdido… Pero como es un Rey y su palabra es la ley… Fue y regresó en la tarde, asustado y exhausto porque estuvo a punto de perderse de verdad: no recogió más que musgo en los zapatos. Desde entonces deja de lado su terquedad y espera a que yo esté disponible.

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Buscando setas en el Parc Naturel Régional du Haut Languedoc

Tomamos la costumbre de ir en el auto heredado del abuelo, un Renault 5 de 1988 que – en cuanto logra encenderse- funciona de maravilla. El frío no le sienta bien pero es un auto muy práctico sobre todo para llevar al perro que de ida lame todos los vidrios y de vuelta, ronca echado sobre los asientos traseros abatidos.

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Cortando hongos

Aquella mañana todo iba bien y hasta recogimos un par de kilos cuando la ambición nos llevó a buscar otro bosque y en una brecha desconocida se nos ponchó la llanta. Había empezado a llover. Nuestros teléfonos celulares en aquellas latitudes no tienen señal y el Rey sabía cómo cambiar la llanta: en teoría; porque nunca en su vida lo había hecho. Yo no fui de gran ayuda. Como Dios le dio a entender se puso manos a la obra pero la herramienta se atoró en una tuerca y ni para atrás ni para adelante.

Llegamos hasta la carretera más cercana y por fortuna, un buen samaritano que pasaba por ahí se detuvo a ayudarnos justo cuando la lluvia cesó. Neumático de refacción puesto, el alma nos volvió al cuerpo pero no por mucho tiempo pues el auto tardó en encenderse. Cuando al fin arrancó, bajamos hasta la costa – sin volver a apagar el carrito. Desde entonces, por las dudas, no hemos vuelto a ir en Renault 5.

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Más vale dejar ahí ese “amanite tue-mouches”, hongo tóxico…

Un otro año los rumores costeños nos incitaron a subir al bosque en pleno verano porque, aunque son raras, sí hay setas estivales.

Al llegar a nuestro bosque encontramos el primero. Sí, era un hermoso bolet, como los que recogemos en otoño: el mismo color y forma. Dos pasos después vimos el segundo, el tercero… En total dimos unas tres vueltas al auto para descargar los champiñones. “Ni buscar hace falta, sólo hay que agacharse para recogerlos !” repetía el Rey feliz y ambos fuimos colmados de dicha y de un sentimiento de triunfo total.

Cestos llenos, llegamos a casa de sus padres para mostrarles el increíble botín y lo primero que hicimos fue pesar los ¡ poco más de 10 kilos !

Un vecino se acercó para saludarnos y le relatamos nuestra expedición, mostrándole ufanos la extraordinaria colecta.

La alegría terminó cuando el vecino soltó la carcajada y nos dijo: “¡ pero son russules y esos no se comen !

Nos explicó que si bien la forma y color son los mismos, bajo el sombrero tienen unas especies de láminas y no esponja, lo cual los convierte en russules y no en bolets. Por las dudas, como de costumbre, nos paramos en la primera farmacia que vimos y pedimos la opinión del farmacólogo en turno quien confirmó el veredicto: eran russules, no son tóxicos pero no tienen ningún interés gastronómico. Con poca discreción también se mofó de nosotros y de nuestro botín y nos aconsejó tirar todo a la basura.

Desde entonces sabemos identificar una russule y nunca volvimos a recolectar setas en verano…

Por supuesto no siempre fracasamos. En otras ocasiones llegamos hasta con 8 kilos de verdaderos cèpes que compartimos en la cena con familia y amigos al calor de la chimenea. Porque para nosotros, compartir con orgullo la cosecha, es cerrar con broche de oro nuestro ritual de la caza de setas.

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Cesta llena

Los hongos, producto de la humedad, no se lavan con agua, sólo se sacuden y se limpian con papel, si lo necesitan, se les quita la esponja que tienen bajo el sombrero y se ponen a fuego medio en un sartén para que suelten el agua. Entonces se cocinan como guarnición o en omelette, por ejemplo.

Habrá a quien le suene asqueroso – pero este es el país en el que también se comen las ancas de rana y los caracoles y les aseguro que el resultado es exquisito. Este año fuimos aunque sólo bajamos con un kilo que nos alcanzó para cocinar un omelette y como ya cayeron las primeras nevadas en aquellos bosques, el clima en nuestros rumbos clausuró formalmente la caza de setas del 2017.

Aún no llevamos a Inès porque hay que caminar bastante y los senderos son sinuosos no obstante, ella crece muy rápido y sé que dentro de poco, los tres juntos viviremos muchas otras aventuras al practicar nuestro pasatiempo de otoño.

 

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Girolles

 

 

1 comentario en “Pasatiempo de otoño”

  1. Hola Ale, Arnaud e Inés – No sé que tiene tu forma de escribir que me transporta junto a Ustedes en su aventura otoñal, siento además una especie de orgullo por saberte parte de mi familia y gozo al igual que todos Ustedes en el presente relato – hasta podía decir que – Necesito leer todo lo que vives en allende el mar…
    Recibe un abrazo que les abarque a todos.

    Continua haciéndolo – tu sabes que sabes como.

    Me gusta

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