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Visita Viena – Parte 1 – Camino a Viena

1Nuestra estancia en Viena, Austria fue una de las mejores vacaciones que he tenido en los últimos años: por el lugar como por mis compañeros de periplo y porque estuve en una de esas ciudades que tienen el poder de marcarle el alma a uno. Sin duda, un viaje se vive tres veces: cuando se prepara, cuando se vive y cuando se recuerda.

No había tenido tiempo de relatar la experiencia por mis obligaciones cotidianas. Viví con intensidad mi breve estancia en la imperial Viena en abril, en plena – y helada- primavera austriaca y el tiempo transcurrido desde entonces decantó la experiencia y dejó en mi corazón lo trascendente. 

El Osito Charmín había pasado algunos días en un París que lo desencantó pues dista mucho de sus recuerdos de hace casi 20 años cuando estuvo por primera vez en la Ciudad Luz. Llegó a Sérignan cansado pero contento de al fin estar en el Languedoc.

Días después, superado su cambio de horario, nos despedimos de Inès y la dejamos con sus abuelitos de aquí pues organicé el viaje sólo para los 3: papá, marido y yo. Sé en donde se queda mi hija así que partí sin remordimiento alguno ya que tengo unos suegros maravillosos que adoran cuidar a su nieta y sé que mi hija es una reinita feliz cuando se queda con sus abuelos.

Después de hora y media de trayecto en automóvil, llegamos al aeropuerto de Toulouse para emprender el viaje menos largo que encontré: Toulouse – Munich – Viena, de poco más de 5 horas.2

Al viajar, la desventaja de vivir en pueblos de provincia es que los aeropuertos están en las grandes ciudades y cuando uno no sale desde París todo es más caro y tardado. De cualquier manera habíamos tomado un día para ir, otro para venir y cuatro días enteros para visitar la capital austriaca.

Desde que Inès nació no había vuelto a tomar un vuelo sin ella así que hasta me sentí rara al abordar de nuevo como todo mundo (pues con un bebé o niño pequeño uno siempre es prioritario en los aeropuertos), con la oportunidad de leer un libro, escuchar música, observar el paisaje desde la ventanilla…

Como lo relaté en otra entrada, me da miedo viajar en avión pero no sentí ansiedad alguna pues iba con mi papá que con su aura de seguridad y tranquilidad me borró esa endémica aprehensión a los vuelos. Él es mi pilar, es un roble y sé que a su lado no corro peligro. Terminado el despegue comencé a relajarme, tuve uno de los mejores vuelos de mi vida y cuando aterrizamos en Munich, llovía y hacía frío. Entonces ya me sentía lista para disfrutar de la aventura. El clima intensificó mi buen humor: las vacaciones habían comenzado.

Tengo una inexplicable debilidad por los países fríos. Me entusiasman porque me parecen exóticos, admiro su orden y su gente me intriga.

En la espera del vuelo hacia Viena nos tomamos algunas fotos y enviamos mensajes de voz a Inès que se alistaba para dormir. El vuelo se demoró unos minutos así que me dio tiempo de observar la actitud reservada de la gente que evita mirar a los ojos y habla -o mejor dicho- susurra con discreción. Noté que, a diferencia de Francia, en Alemania hay muchas más personas blanquísimas, rubias y de ojos claros, entonces me pareció curiosa esa sobriedad con la que se comportan, ensimismados en sus tabletas, teléfonos o libros, diferente a la de mi país de origen en la que si uno busca el contacto, éste se da con facilidad.

Vi por primera vez en un aeropuerto unas “napcabs” o cabinas de siesta que se abren con tarjeta de crédito, invento extraordinario que me hubiera gustado probar durante alguna de las largas escalas de los vuelos trasatlánticos. Su único defecto es el precio exorbitante.4

Se llegó la hora de abordar el avión de Austrian Airlines y al saludar a la sobrecargo me sorprendí diciendo “Bonjour” para luego corregir con un “Hello” y preguntar en mi inglés cevichero cómo dicen hola y gracias en Austria: “Hallo, Danke”.

Mea culpa, antes de partir no anoté las palabras elementales. Cuando visito un país del cual desconozco el idioma siempre procuro hacerlo pero aquellas semanas habían sido pesadas para mí y no tuve tiempo

A mis caballeros les pedí la ventanilla (el lujo para una mamá acostumbrada a ir en pasillo por razones prácticas). Era noche así que tuve que imaginarme el paisaje hasta que me sorprendió en el horizonte la hermosa la luna llena que pronto fue englutida por las nubes.5

Acompañé el somero snack de la aerolínea con un vino blanco austriaco que me decepcionó por su intrascendencia. Debe haber vinos buenos en Austria – como en todos lados- pero tal vez esa compañía tiene un sommelier novato o un presupuesto reducido… El Rey estuvo de acuerdo conmigo sobre la falta de carácter del vino y hablamos de los blancos memorables que probamos en otras ocasiones…6

Aterrizamos poco antes de las once de la noche en el aeropuerto internacional de Viena y como cada uno traíamos una maleta tamaño cabina de 8 kilos salimos directo. Cada vez veo más ventajas de viajar ligera… yo que hace unos años era capaz de cargar con dos maletas de 25 kilos cada una para mí sola por sólo 10 días fuera…

Continuará….

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