México desde el extranjero

La magia de la música

El Rey es un empedernido melómano de eclécticos gustos que pasa temporadas en las que le da por escuchar tal o cual género, desde heavy metal hasta gypsy jazz. Colecciona CD’s desde la adolescencia y en cada viaje a México no trae tequila pero sí discos. Es fan de Lola Beltrán.

Casi siempre se desplaza en su vehículo profesional que también es su “oficina” y ameniza sus jornadas laborales con sus discos ‘del momento’. En días pasados utilizó mi carro y me percaté de ello cuando volví a conducir mi vehículo y el auto-estéreo me golpeó el alma con un CD que yo no puse.

Germán Lizárraga y su banda Estrellas de Sinaloa
Germán Lizárraga y su banda Estrellas de Sinaloa

En un segundo, Germán Lizárraga y su banda Estrellas de Sinaloa me transportaron con la piel erizada desde el embotellamiento de tráfico en Béziers hasta el bello Zapotlán de octubre.

Es verdad que no tengo “buen gusto” para la música y nunca he sido tan exigente con lo que escucho como lo soy con lo que leo. Para la música en realidad me da igual y soy de las que cantan con furor un popurrí de Luis Miguel (aunque me avergonzaba de ello en mi época universitaria).

Jamás fui fanática de las bandas. No por “fresa” y porque las bandas sean “nacas”. Si no porque ése tipo de música me suena estridente y los músicos con sus insólitos atuendos me parecen fantoches. También porque al bailar siempre hago el ridículo con mis dos pies izquierdos y nunca me salvo de las risotadas burlonas de mis sádicas hermanas.

La cuestión es que me encontré por las calles de Béziers rumbo a Sérignan como aturdida – de manera positiva- con esas notas, melodías y voces que siempre consideré desagradables y que de repente me brindaron un bienestar indescriptible al llenarme de recuerdos y hasta de olores de elotes asados, de polvo del lienzo charro de Zapotlán, del incienso de Catedral, de la pólvora de los “castillos”, de la piel de una chamarra que mi madre me regaló a mis 13 años para ir a la feria…

Aprecié como nunca la algarabía de la música que me recordó con fuerza la calidez humana de mis compatriotas, ésa que tanto extraño.

Al mismo tiempo me percataba del enorme contraste – incompatibilidad- entre la música de mi auto y la tranquilidad, rigidez y el frío orden de esta linda provincia francesa -aún en horas pico.

Toro de once
Toro de once

Me acordé del primer “Toro de Once del Tec” de Ciudad Guzmán al que fui con el Osito Charmín cuando yo tenía unos 10 u 11 años. Para él fue un fiasco pues no se identificó con el ambiente aunque él también estuvo en el ITCG. En Ciudad Guzmán en realidad nadie asiste a esos espectáculos por el jaripeo en sí. Todo mundo va de atuendo vaquero a bailar, tomar mucha cerveza y a ligar.

En mi primer año de prepa, fui a un Toro de Once solo para jugar al periodista, sin camisa cuadrada ni sombrero, cámara en mano y -como siempre- dándome ínfulas de diferente para hacer un reportaje muy crítico sobre la “decadencia” que impera en ese tipo de actividades. Con esa tarea para la clase de español saqué 10 y felicitaciones del profesor pero no me salvé de la carrilla por ser tan “ñoña”.

Toro de once en Ciudad Guzmán
Toro de once en Ciudad Guzmán

En mi último año de prepa, con mucha reticencia, acompañé a mis amigos a una de esas épicas jornadas que empezaban a las 10 de la mañana y se prolongaban hasta en la noche; para muchos, en dramáticas condiciones. Lo menos peor eran los ridículos, las peleas, los comas etílicos. Lo temible eran los embarazos no deseados. Nunca comprobé con datos duros si, como lo indica la leyenda, la tasa de natalidad en Zapotlán aumenta en julio como resultado de todos los embarazos de octubre.

Tal vez Torcasita se espante al saber que fue ahí donde consumí, a mis 16 años, mi primera cerveza, una Modelo en lata que me dio mucha risa y mareos de antología que terminaron en algo de baile -porque yo sólo bailo borracha- y una larga siesta vespertina…

Por supuesto que el regreso a casa fue más ameno que de costumbre. Dejé el CD varios días y ahora hasta Inès repite sin pudor el ‘YEPA YEPA YEPA’ de una de las canciones.

La magia de la música -por estridente que ésta sea- existe y no se domina pues entra por los oídos y le pega directo al corazón, espabila el alma, transporta, relaja, hace soñar, olvidar…

5 comentarios en “La magia de la música”

  1. Me encantó el relato, sobrina! Muy ameno, muy evovador de tiempos pasados e inolvidables. Tienes una pluma ágil. entretenida. Tienes talento. Muy linda la historia y el final me encantó. Sí! La música llega al corazón. Imagínate: Si amansa a las fieras… qué no hará por nosotros! Un abrazo virtual con mucha nostalgia hasta el Sur de Francia !

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